Caminar es una meditación natural que las personas practican sin darse cuenta. Una paseo al amanecer a la orilla del río o por calles apartadas al salir del trabajo pueden ser su forma de relajarse. Le proporciona tiempo para ponerse en contacto consigo mismo o con la naturaleza.
Tal vez no se de cuenta, pero está siguiendo los pasos de los antiguos hechiceros indios. Los alumnos de Buda no eran monjes (eso vino después), sino que eran «vagabundos» o «sin techo» que se sacudían el polvo de la vida ciudadana que llevaban en los pies y seguían su camino.
Caminar es una postura de meditación tan antigua como la de sentarse. Los aborígenes australianos hacen marchas, los indios americanos salen en busca del espíritu, los jóvenes dejan las cómodas certezas del hogar paterno para encontrarse a sí mismos. El caminar nos recuerda nuestras raíces nómadas, cuando no poseíamos nada y nos enfrentábamos cada día a un mundo nuevo.
«Deja tu tierra para despertar», decía Buda. Alentaba a sus discípulos a no pasar más de tres días en un mismo lugar (excepto durante la estación de las lluvias), por lo que caminaban mucho, actividad que luego se convirtió en prácticas conscientes de meditación. Es igual de fácil estar relajado y consciente mientras caminamos que mientras estamos sentados.
Algunas de estas prácticas son muy sofisticadas. Los monjes zen caminan en círculos, sincronizando sus pasos. Un monje birmano camina dando pasos extremadamente lentos, notando cada micromovimiento del pie. Las disciplinas de kung fu y tai chi tienen su origen en las meditaciones budistas realizadas de pie y caminando. (El primer patriarca zen de la China es el fundador del kung fu.)
Más adelante daré las instrucciones adecuadas para realizar una meditación informal caminando, por ejemplo cuando vamos de compras a pie, pero déjeme describir primero la práctica formal, para ilustrar los principios.
Dado que caminar es una postura de meditación, igual que estar sentado o acostado, se aplican las instrucciones habituales: comodidad, equilibrio, vigilancia. Intentamos caminar cómodamente, sin exceso de tensión. El cuerpo debe estar recto y equilibrado para permitir libertad de movimientos.
Se puede caminar para un lado y para otro en una habitación, o en una franja de suelo de unos 20 pasos de largo. Esto disminuye las distracciones visuales que se darían en un parque, por ejemplo.
Siguiendo la meditación birmana, caminamos lentamente para notar los cambios precisos de sensación cuando el pie se levanta, se mueve y pisa el suelo. Cuando nos esforzamos por notar detalles cada vez más sutiles, los pasos naturalmente se vuelven más lentos. Cruzar la habitación puede llevar media hora. Verbalmente seguimos cada etapa: «levantar... mover... bajar... apoyar... etc» y eventualmente llegamos a notar el comienzo y el final de cada etapa.
Esta práctica sirve para desarrollar una conciencia exacta momento a momento. Los pensamientos extraños desaparecen completamente. La meditación que realizamos sentados, por otro lado, tiende a desarrollar tranquilidad, que normalmente es suave en los bordes. Alternar caminar y sentarse en un retiro combina el yin y el yang y puede proporcionar una profundidad y una claridad extraordinarias.
La meditación hecha caminando se puede integrar más fácilmente en la vida diaria si se practica informalmente, por ejemplo cuando vamos al trabajo a pie. Como caminamos con mayor rapidez, es más fácil concentrarse en el equilibrio de todo el cuerpo que en los movimientos individuales de cada pie. Podemos notar que la alineación muscular del cuerpo se altera con cada paso que damos. Generalmente fijo mi mente en el centro de gravedad de mi cuerpo. Tanto la meditación sobre la respiración o la revisión corporal se pueden hacer mientras caminamos.
Meditar con los ojos abiertos puede resultar difícil al principio, ya que normalmente los ojos saltan de una atracción a otra sin parar. Están siempre observando la escena con pequeños movimientos de los que raramente nos damos cuenta. Cuando estamos ansiosos, los músculos que mueven los globos oculares se tensan, los ojos se mueven con mayor rapidez y las ondas cerebrales permanecen en estado beta.
Intente entonces desconectar los músculos que mueven los ojos y déjelos quietos en sus cuencas. Para ayudarse, fije los ojos en un punto en la distancia (un árbol o un coche) y diríjase hacia ese punto. Esto le mantendrá la cabeza centrada y la ayudará a no mirar hacia los lados.
Trate de recordar cómo se sienten sus ojos mirando una puesta de sol, disfrutando de un cuadro u observando a alguien que ama. Generalmente se sienten suaves y amables. Las ondas cerebrales alfa están presentes. Recree esa clase de sensación en sus ojos al caminar.
Caminar es una postura, como sentarse, en la que se puede practicar cualquier meditación. Si se siente encerrado en la meditación básica caminando, es posible tomar otros caminos. En lugar de concentrase en el cuerpo en movimiento, nos podemos concentrar conscientemente en otras cosas. Lo mejor es nombrar el objeto elegido como un mantra a medida que espiramos. Estas son algunas de las posibilidades:
1. «Sonido». Al caminar, explore conscientemente todo el espectro de sonidos que le rodea. Mantenga un poco los sonidos en su mente cuando ya se han apagado. También puede hacer lo mismo con «olfato» (apropiado en calles suburbanas a la hora del té) o «vista».
2. «Sensación». Permita que su mente se detenga un momento en cualquier objeto sensorial que llame su atención. Deje que las cosas aparezcan y pasen de forma espontánea. Su mente automáticamente se sentirá atraída por esto o aquello: un gato subido a un poste, un charco, un insecto, el olor de los gases de coches, la falda de una mujer, y así sucesivamente. Si las sensaciones son conscientes, es que está usted meditando. Pero recupere su mente cuando se pierda entre los pensamientos.
3. «Color». Fíjese qué colores lo atraen. De una mirada rápida trate de ver la tonalidad de un objeto sin investigarlo. Extraiga el color e imprímalo en su mente, de modo de poder llevarlo consigo unos metros cuando el objeto haya salido de su campo de visión.
4. «Viento». Concéntrese principalmente en el aire que le da en la cara cuando camina. Se trata de una práctica hermosa incluso en ausencia de brisa.
5. «Espacio». Diga la palabra «espacio» a medida que abarca la sensación del cielo encima suyo. Interiorice la sensación e imagine que su cuerpo se vuelve espacioso.
6. «Luz». Observe la calidad de la luz en todos lados. No se concentre en los árboles en sí, sino en la luz que se filtra a través de ellos. No se concentre en el edificio, sino en la luz que desprende. Al igual que en la meditación «espacio», interiorice la luz para poder sentir que brilla desde dentro.
7. «Paz». Siéntase caminar en armonía consigo mismo y con el mundo. Que sus pasos sobre la tierra sean pacíficos. También puede usar cualquier otro mantra o afirmación.
8. Por la noche, cuando haga una meditación sentado, repase mentalmente los objetos que destacaron durante su meditación caminando. Saboree nuevamente la sensación de cada uno de ellos.
Las directrices básicas para cualquier meditación siguen siendo válidas para las que se acaban de describir: relajarse, concentrarse en una cosa, recuperar la mente cuando se distraiga. El arte de la meditación es sacar conscientemente al frente una parte de su experiencia y dejar que el resto permanezca en el fondo. Las meditaciones hechas caminando fácilmente pueden convertirse en un placentero paseo si no tenemos cuidado. Aunque estemos meditando, igualmente necesitamos saber dónde está la mente en cada momento.
Yo sugiero que sea sistemático para sacar el máximo provecho de estas meditaciones. Se dice que una información debe recibirse cuatro veces antes de que pase de la memoria corta a la memoria a largo plazo; probablemente haya observado este principio con los números de teléfono. Del mismo modo, los maestros de meditación dicen que cualquier ejercicio debe hacerse al menos tres veces durante tres días seguidos para que quede fijado en la mente. Luego se puede escoger en cualquier momento.
La meditación hecha caminando lleva la práctica a la calle. Equilibra las tendencias introspectivas de sentarse. Esto normalmente nos proporciona una mayor empatia con la naturaleza y nos sentimos más cómodos en el mundo en general.
CURACIÓN PROFUNDA
De vez en cuando nos enteramos de curas «milagrosas» a través de la meditación. Son poco frecuentes, pero existen. En oriente, es frecuente que personas con una enfermedad terminal se despidan de sus familias y se retiren a un monasterio a morir. Unas pocas, sin embargo, siguen vivas años más tarde, sanas y fuertes.
Las personas así raramente vuelven a sus vidas anteriores. La curación sucedió porque hubo «un profundo cambio en la base de la conciencia». Sus meditaciones no fueron una especie de cirugía psíquica que les extirpó la enfermedad dejando el resto del cuerpo o de la mente intacto. Todo cambió.
Mientras escribía este libro, me prometí hablar sólo de cosas que pudiera explicar adecuadamente en el espacio de que disponía y éste es un libro para principiantes, por lo que en este capítulo, rompo esa regla. La curación profunda es trabajo de «posgrado», así que pido perdón si esta presentación da lugar a más preguntas que respuestas. Aun así, he pensado que lo mejor era, al menos, hacer un bosquejo del proceso.
Las causas del estrés parecen ser múltiples. Podemos echarle la culpa a la mala salud, las condiciones de trabajo o de vida, las dificultades en las relaciones personales, nuestra crianza o nuestro antinatural estilo de vida moderna, pero hay una causa más fundamental. Está en nuestra forma de reaccionar.
Si reaccionamos negativamente, nos retorcemos como un gusano en un anzuelo, atrapados por el miedo, la rabia o el deseo. Si reaccionamos positivamente, la vida es tolerable aunque no siempre placentera. Se puede encontrar gran serenidad y felicidad en campos de concentración, prisiones o en la guerra, mientras que hay personas paralizadas por la ansiedad en medio de vidas libres de problemas. Vivir en el cielo o en el infierno depende en gran medida de nuestras reacciones ante la vida.
La fuente de casi todas las tensiones está en una emoción bloqueada o congelada. Sucede a menudo cuando vivimos una mentira. De hecho cualquier emoción, en su impulso básico, es en realidad positiva. El problema sólo aparece cuando queda bloqueada por nosotros mismos o por circunstancias externas.
Bloquear una emoción es una estrategia a corto plazo buena y necesaria. Todos lo hacemos desde que nacemos, y posiblemente antes. Pero la emoción no desaparece, sino que queda soterrada. Siempre está tratando de salir a la superficie, aunque tenga décadas. Si no puede salir como emoción, puede hacer erupción como una enfermedad corporal.
Las emociones son cosas muy físicas. Cada una de ellas es un preciso cóctel de hormonas que produce resultados inmediatos en el cuerpo. Es útil ver a las emociones como algo que sube o baja. La rabia es un movimiento ascendente duro. La alegría es un movimiento ascendente suave. El temor es un movimiento descendente duro. La pena es un movimiento descendente suave.
La palabra «emoción» significaba originariamente «salir». Si no bloqueamos una emoción, se mueve y el equilibrio físico vuelve. De todos modos, el proceso es como la fiebre. Puede ser doloroso y nos puede incapacitar completamente durante un tiempo. Una persona que se rinde a la pena, la rabia o el deseo, es incapaz de trabajar o de llevar los niños a la escuela.
Además, la gente que nos rodea no tolera las expresiones emotivas desaforadas (y con razón, diría yo; casi todas las emociones fuertes son ciegas). Si da rienda suelta a su rabia, por ejemplo, su cuerpo se puede sentir satisfecho, pero las consecuencias externas pueden ser catastróficas.
Por tal motivo, congelamos las emociones o las dejamos salir poco a poco. Lamentablemente, el congelador se puede sobrecargar y acabar rompiéndose. Hace poco analicé un sueño en el que aparecía esta imagen exactamente. Una señora soñó que encontraba un cadáver desmembrado en el fondo de la nevera de su ex marido. Instintivamente supo que el sueño tenía que ver con su forma de «congelarse» cuando su matrimonio se vino abajo. También vio que estaba relacionado con sus recurrentes cánceres de piel.
Si observamos el tono emocional de nuestros pensamientos, podemos ver si nos llevan a la felicidad o a la desgracia. Aquí hay una sola indicación. Un pensamiento malsano hace que la mente sea estrecha, cerrada y obsesionada. Un pensamiento sano libera la mente, la abre y la hace receptiva a cosas nuevas.
Si no sabe ver la diferencia, observe su cuerpo. Pregúntese si un determinado pensamiento le provoca tensión o dolor, libertad o placer. Las emociones no sólo tienen que ver con la mente, también son un hecho físico. El cuerpo refleja tanto los pensamientos como las emociones y soporta las consecuencias de ambos. La próxima vez que se enfade, por ejemplo, tómese un momento para observar las sensaciones corporales que acompañan al enfado. Lo más probable es que sean bastante desagradables.
Muchas veces encontramos que los pensamientos que tenemos voluntariamente son físicamente dolorosos: nuestros odios injustificados, por ejemplo, o el deseo de algo inalcanzable. Los pensamientos pueden hacernos subir la presión arterial, respirar de forma espasmódica o anudarnos el estómago. Las personas pueden literalmente «enfermar de preocupación» hasta el punto de vomitar o tener un dolor de cabeza.
Los sentimientos de aversión (temor, ira, pena, resentimiento) o atracción (deseo, posesión) reducen el mundo entero al tamaño de una cabeza de alfiler. En esos momentos, nada es más importante que ese cuerpo sensual o ese insulto cruel. Las emociones malsanas empequeñecen la mente, la obsesionan. El cuerpo se pone tenso y se retuerce en el anzuelo, y cuando el anzuelo nos traspasa, la enfermedad aparece.
Con la meditación observamos la calidad de nuestra mente. Es como analizar el agua: puede parecer pura, pero un examen más detallado puede mostrar que contiene bacterias malsanas. Muchas personas que tratan de ser buenas se ven consumidas por las mismas emociones que intentan evitar. Del mismo modo que algunas personas del tercer mundo pueden sobrevivir con agua contaminada, nosotros podemos seguir adelante con
mentes contaminadas, pero nuestra calidad de vida y nuestra salud pueden ser terribles.
Los estados mentales y las emociones van y vienen rápidamente. Nuestro trabajo es reconocer y soltar las malsanas enseguida y fomentar las sanas. No es una tarea fácil, pero es la tarea de nuestra vida. Por un lado, con frecuencia no conocemos la diferencia entre lo que es sano y no lo es, y sin embargo, nada de lo que hagamos es más importante que esto. El comienzo y el final de la salud corporal-mental y el camino espiritual radican aquí.
La meditación nos enseña tolerancia. Al principio, aprendemos a soportar el perro que ladra, la espalda dolorida, los agravios en el trabajo. El dolor puede seguir presente, pero ya no nos rasgamos las vestiduras. Gradualmente esta aceptación se extiende a cosas más grandes. Puede ser bastante sorprendente descubrir que usted ya no se molesta o se enfada como antes. A éstas se les llama «no-señales» de logros. Es como si parte de su identidad se fuera cayendo.
El recuerdo de un padre brutal aparece, por ejemplo, y usted se da cuenta de que ya no le provoca su habitual reacción de resentimiento. Ésta es una señal de que la vieja emoción ha encontrado su camino sin dejar rastro. La pérdida de esta negatividad es muy saludable para la mente y el cuerpo.
Es fácil decir «yo perdono» sin sentirlo. La verdadera curación tiene lugar cuando no sólo la mente sino también las respuestas instintivas del cuerpo son pacíficas. Puede haber una corriente tangible de cariño y comprensión hacia aquellos que aparentemente nos hicieron daño. Después de todo, generalmente los conocemos lo bastante como para saber lo mucho que ellos también están sufriendo.
Las grandes liberaciones a menudo se basan en miles de pequeños cambios, tanto en el cuerpo como en la mente. Se trata de cambios que pueden ser bastante inesperados. Una emoción bloqueada puede salir a la superficie como extrañas sensaciones corporales. Permítame describir este proceso.
Cuando estamos tranquilos, la mente comienza a sacar la basura. Es como cuando el cuerpo elimina toxinas y los síntomas son similares.
Tenemos sensaciones desagradables, sin motivo aparente, que pueden tomarse como olas de incomodidad: picazón, náusea, debilidad, palpitaciones, temblores, dolores agudos, agitación, hinchazón, desequilibrio, inquietud, etc.
Aunque son sensaciones bastante suaves, son difíciles de soportar estando sentado. Generalmente son emociones no reconocidas que salen a la superficie en el plano físico. Quien las sufre piensa que algo va mal con su meditación y se detiene, pero es un error. En realidad, la meditación está dando sus frutos.
El reto es limitarse a observar. Una sensación provocada por un cambio emocional es diferente de una que sea puramente «física». Se parece más a un recuerdo intenso que resuena por todo el cuerpo. No es como un dolor de espalda a causa de una mala postura, por ejemplo, sino que aparece y desaparece en un relámpago. Puede parecer puramente física, pero a menudo va acompañada de una desagradable emoción.
Si podemos mantenernos abiertos a la sensación, el poder que tiene sobre nosotros se rompe, queda liberado y nosotros nos libramos de él. Puede volver, pero con menos fuerza. A medida que estos momentos pasan, pueden haber destellos de alegría y alivio, como cuando nos quitamos una espina.
Estas sensaciones se llaman colectivamente «éxtasis» porque indican un profundo reequilibrio de la psique. Los bloqueos quedan disueltos y la fuerza vital nos recorre. Este proceso de profunda limpieza interior puede llevarse a cabo de forma intermitente durante años.
Cuanto más profunda sea la meditación, más profunda será la curación. A riesgo de parecer místico, permítame describir algunos estados de conciencia más profundos.
La palabra «samadhi» significa absorción, o calidad de uno solo. Fuera de la meditación, pocas muestras podemos conseguir, pero hay ejemplos: cuando estamos absortos admirando la belleza de la naturaleza o de la música, o a veces en los deportes, el baile o haciendo el amor. El tiempo se detiene y todo brilla con una luz interior. Samadhi es como el momento más trascendente de esa experiencia.
En dichos momentos toda la sensación de uno mismo se desvanece. Lo que queda de «usted» es simplemente pura conciencia. En esos momentos, usted desconoce su nombre, edad, sexo o el siglo en el que vive. Sin embargo, la absorción es un estado de excepcional claridad y éxtasis, no es un estado de quedarse en blanco. Dado que suele durar sólo unos segundos, es improbable perderse.
En samadhi, la emoción malsana desaparece completamente, como los copos de nieve en el fuego. No hay nadie que pueda sentirse herido, así que el temor y la ira desaparecen. Ni siquiera la más leve aversión o atracción, consciente o inconsciente, tiene posibilidades de expresarse.
Paradójicamente, la completa absorción sólo sucede cuando «usted» deja de intentar alcanzarla. Todo el deseo tiene que desaparecer también. «No trates de despertarte» dicen en el soto zen. «Simplemente siéntate». Cuando nos desprendemos de lo negativo, entonces pueden darse los avances.
La absorción tiene lugar cuando «usted» se desvanece dentro del objeto. Si usted permanece allí, sucede algo extraño: el objeto también se desvanece. Simplemente hay espacio infinito. Antes usted era uno con la respiración, ahora es uno con la nada. Sólo existe la observación, como un espejo que refleja el cielo. Usted es como un gato delante de la ratonera, intensamente alerta. Pero incluso el gato ha desaparecido. Usted ha entrado en la vibración de fondo de la pura conciencia.
Aunque rara vez lo vemos con claridad, este estado siempre está con nosotros. Es como el zumbido de fondo del Big Bang resonando por todo el universo. La mente con la que lavamos los platos es la misma que ve a Dios.
En este estado, la mente se vuelve unificada. Esto no es algo insignificante. La energía psíquica, generalmente dispersa, ahora se canaliza en una sola dirección, como las virutas de hierro que se dirigen a un imán. Cuanto más tiempo permanecemos en este estado, más profundamente nos transforma. Afecta a la mente, el cuerpo y las emociones por igual.
Samadhi se puede sentir físicamente como una corriente, casi líquida, ligera. Se describe como el néctar de los dioses, «como el jugo de la caña de azúcar» que disuelve las energías contenidas en la espina dorsal. Otras personas lo sienten como un delicioso calor o fuego. Se describe como el fuego del sacrificio interior que consume todos los obstáculos a la liberación.
Cuando la mente se unifica, usted se transforma en uno con todo lo imaginable. Nada queda excluido. Usted se siente uno con Dios, la naturaleza, la humanidad (incluso con aquellos que odia). Ya no está en guerra consigo mismo, con nadie ni con nada. Incluso sus sufrimientos son perfectos a su manera. No falta nada. En estos momentos, ¿qué otra cosa podría querer?
Cuando lo negativo desaparece, todo lo positivo está naturalmente allí con toda su fuerza. Como dice Jampolsky, un terapeuta norteamericano: «El amor es desprenderse del miedo». Samadhi es un estado de amor, alegría y aceptación sin límites.
Samadhi es un estado mental extremadamente sano de afirmación a la vida. Ya no enviamos las señales emocionales que apoyan la enfermedad crónica del cuerpo. Aquí es cuando los cánceres pueden empezar a disolverse, o la pena y la ira de décadas pueden desintegrarse.
Sin embargo, el samadhi por sí mismo no cura, sólo indica que la persona es capaz de desprenderse de lo negativo. Claro está que esto es un gran logro, pero a no ser que la persona esté inspirada para darle la vuelta a su vida con la meditación, la curación es improbable.
La curación requiere la desaparición de toda negatividad, no sólo en la meditación sino en la vida diaria. Cada pensamiento estrecho de miras es un clavo del ataúd. Todas nuestras obsesiones favoritas, nuestras agradables maneras de ser malos, nuestras quejas habituales, nos llevan a la tumba. Se vuelve esencial «hacer las paces», al menos en nuestros corazones, con todas las aflicciones de nuestra vida, ya provengan de personas o de hechos, tanto si están presentes como si pertenecen al pasado lejano. ¡Nada fácil de hacer!
La meditación, como herramienta para tener conciencia de uno mismo, le ayudará a ver lo que sus patrones de pensamiento le están haciendo, y a su vez, esto le puede dar el ímpetu y el valor para cambiar. Desde el primer momento en que nos sentamos a meditar, incrementamos los estados mentales positivos. Cada vez que nos relajamos, nuestros temores, deseos y enfados disminuyen. Los estados samadhi profundizan este proceso enormemente.
La curación profunda requiere un cambio fundamental de la conciencia. Cuando un médico entrega una sentencia de muerte, la persona que la recibe generalmente se lanza a hacer una nueva evaluación de sí misma. A veces, deja de trabajar y se va a una casa en la playa o a una granja de salud durante varias semanas «para recoger fuerzas». Esto es meditación en el sentido occidental de «pensar profundamente en algo». Muera o viva la persona, su vida cambia.
Si usted tiene el SIDA o cáncer o se enfrenta a la muerte por otro motivo, la meditación le ayudará. Un poco de meditación le ayudará un poco y mucha meditación le ayudará mucho. Yo le recomendaría al menos dos o tres horas diarias de meditación o de alguna otra actividad bien enfocada.
La calidad de la meditación será el factor crucial. Relajarse y dejar que la mente se distraiga tiene un valor limitado. Para entrar en el samadhi, o para desarrollar la claridad necesaria para notar los estados mentales negativos, hace falta mucha práctica y, casi con toda seguridad, entrenamiento con un profesor o grupo. Es más difícil y más lento, y para muchas personas, es imposible alcanzar buenos resultados solas.
Si usted está bastante enfermo, probablemente no tendrá tiempo para descubrir por sí mismo cómo meditar bien. Yo le recomiendo que se entrene y practique con otras personas.
Es probable que tenga que hacer cambios importantes en su estilo de vida. Si su trabajo lo envuelve en negatividad, aléjese y dése tiempo para pensar y ser usted mismo, aunque eso signifique dejar a su familia durante unas semanas. Dése la oportunidad (y el apoyo terapéutico si lo necesita) de ser emocional. La curación implica limpiar el sótano de las emociones, y probablemente haya allí muchos trastos viejos. Necesitamos sentir nuestro sufrimiento, pero al mismo tiempo observarlo con desapego. Es bastante difícil mantener este equilibrio. La meditación le ayuda a ver de forma clara y completa pero sin dejarse llevar por las emociones. Sacuda los cojines, no se corte, pero hágalo con conciencia.
Si usted se enfrenta a la muerte y quiere hacer lo mejor para usted, yo le sugiero:
1. Medite mucho y profundamente.
2. Busque un tiempo y un espacio para volver a valorarlo todo.
3. Permita que las emociones contenidas afloren, pero con conciencia.
4. Prepárese para cambiar su estilo de vida y sus actitudes.